«La tele es así y punto, y al que no la guste que la apague.» Así comienza “Mentiras en directo. La historia secreta de los telediarios”, el ajuste de cuentas con el que Mariola Cubells, periodista redactora y colaboradora de varios medios de comunicación, nos quiere mostrar el verdadero trasfondo, el movimiento entre bastidores de los telediarios que llenan la parrilla televisiva de este país. Con su crítica nos ayuda a conocer el modo en que nos llega la información a través de la pequeña pantalla: las órdenes, la censura, los favores políticos, los miedos, amenazas y el conformismo con el que muchos aceptan el ejercicio de una profesión tan mal apreciada. Desde canales autonómicos y estatales, a entes públicos y privados, todos pasan por el ojo clínico de la autora.
«Aquí van a encontrar las sombras, lo opaco, los tonos del gris al negro. Las luces, lo claro, lo blanco, que existe, desde luego, no es el argumento de este libro», dice la autora. Lo cierto es que Cubells llena la programación televisiva de telediarios llenos de folklore y sucesos, donde se mezclan imágenes del último atentado en Gaza con un reportaje sobre la boda de Laura Ponte y Beltrán Gómez-Acebo. Un universo, según ella, lleno de sombras, de intereses políticos, económicos y sociales y, en definitiva, lleno de informaciones hechas a gusto del empresario. Porque lo que ocurre en el mundo no es “lo que pasa en la calle”, sino lo que nos cuentan, a su manera, los informativos de televisión.
El juego es así. Mientras unos periodistas obedecen a su pesar, otros obedecen encantados del papel que les toca jugar en esta historia informática. “Tonterías. Si no lo hago yo, lo hará otro. Yo me quedaré en el paro por un ataque de ética, ¿y qué habré conseguido? Nada. Se seguirá haciendo la misma mierda de siempre. Esto es así, qué quieres”. Así habla uno de los muchos (muchísimos) testigos que se prestan a dar su ejemplo y testimonio al libro. Les hay también desobedientes, de los que pierden y de los que ganan la batalla en la que se ven inmersos día a día, negándose a acatar silenciosamente las órdenes de los empresarios, pero son los menos. Tristemente lo que manda hoy en día se encuentra reducido a un círculo vicioso entre ejecutivos-audiencias-publicidad, y salir de él es, a estas alturas, más que complicado.
La historia ha pasado de hablar de regímenes fascistas a regímenes mediáticos. De sociedades donde “la gente sabe que los medios no comunican más que circulares gubernativas”, a una sociedad (la tan nombrada “sociedad de la información”) donde la gente cree que la libertad de expresión reina a sus anchas, y donde la realidad la conforman las manipulaciones y tergiversaciones. E intereses, muchos intereses. Porque detrás de cada cabecera o de cada sintonía hay un entramado de empresas y partidos políticos que diseñan a su antojo el programa de noticias que se emite.
Y después de todo esto está siempre la misma excusa: “es lo que la audiencia quiere”. Pero no es así, estoy de acuerdo con la autora. La audiencia no pide, la audiencia consume. Se traga todo aquello que le ofrezcas en esa pequeña pantalla, porque es gratis. Y porque no hay alternativa. Pongas el canal que pongas, la programación se basa en programas “tomateros” y “buscadores de noticias”, en concursos nimios y amañados, soeces. Todo aquello de lo que, de momento, se libra la televisión de pago. Hoy en día las razones políticas exigen una sociedad cada vez más apática, adormecida, que permita los abusos a los que la audiencia se está peligrosamente acostumbrando. Y tampoco es fácil apagar la pantalla. La tele se ha convertido en un elemento más en nuestra vida, de nuestra cultura. «Acudimos a ella para conformar nuestra dieta de ocio, de cultura», afirma Cubells.
Lo cierto es que, pese a que la realidad es tan retorcida como se muestra en esas páginas, el libro deja cierta la sensación de ser el desahogo de una profesional resentida con el panorama mediático que le ha tocado vivir. Bien es cierto que se echan en falta más testimonios como éste, donde se muestre la realidad ante la que nos tapamos los ojos, pero quizás con más reflexión y menos ejemplos, testimonios y anécdotas. Mariola Cubells respalda su texto con un entramado de situaciones y argumentos de compañeros y profesionales de la información, pero restringe su análisis a lo que ella considera MALA televisión. Quizá, en un punto y aparte deberían incluirse ejemplos de buen quehacer periodístico, porque lo hay, de esos profesionales que luchan por mantener a flote una profesión que parece venirse a menos. La televisión es mala, es cierto, pero tampoco ha perdido (del todo) ese halo de magia con el que nació.
«Y ahora, si son valientes, pongan las noticias.»
«Aquí van a encontrar las sombras, lo opaco, los tonos del gris al negro. Las luces, lo claro, lo blanco, que existe, desde luego, no es el argumento de este libro», dice la autora. Lo cierto es que Cubells llena la programación televisiva de telediarios llenos de folklore y sucesos, donde se mezclan imágenes del último atentado en Gaza con un reportaje sobre la boda de Laura Ponte y Beltrán Gómez-Acebo. Un universo, según ella, lleno de sombras, de intereses políticos, económicos y sociales y, en definitiva, lleno de informaciones hechas a gusto del empresario. Porque lo que ocurre en el mundo no es “lo que pasa en la calle”, sino lo que nos cuentan, a su manera, los informativos de televisión.
El juego es así. Mientras unos periodistas obedecen a su pesar, otros obedecen encantados del papel que les toca jugar en esta historia informática. “Tonterías. Si no lo hago yo, lo hará otro. Yo me quedaré en el paro por un ataque de ética, ¿y qué habré conseguido? Nada. Se seguirá haciendo la misma mierda de siempre. Esto es así, qué quieres”. Así habla uno de los muchos (muchísimos) testigos que se prestan a dar su ejemplo y testimonio al libro. Les hay también desobedientes, de los que pierden y de los que ganan la batalla en la que se ven inmersos día a día, negándose a acatar silenciosamente las órdenes de los empresarios, pero son los menos. Tristemente lo que manda hoy en día se encuentra reducido a un círculo vicioso entre ejecutivos-audiencias-publicidad, y salir de él es, a estas alturas, más que complicado.
La historia ha pasado de hablar de regímenes fascistas a regímenes mediáticos. De sociedades donde “la gente sabe que los medios no comunican más que circulares gubernativas”, a una sociedad (la tan nombrada “sociedad de la información”) donde la gente cree que la libertad de expresión reina a sus anchas, y donde la realidad la conforman las manipulaciones y tergiversaciones. E intereses, muchos intereses. Porque detrás de cada cabecera o de cada sintonía hay un entramado de empresas y partidos políticos que diseñan a su antojo el programa de noticias que se emite.
Y después de todo esto está siempre la misma excusa: “es lo que la audiencia quiere”. Pero no es así, estoy de acuerdo con la autora. La audiencia no pide, la audiencia consume. Se traga todo aquello que le ofrezcas en esa pequeña pantalla, porque es gratis. Y porque no hay alternativa. Pongas el canal que pongas, la programación se basa en programas “tomateros” y “buscadores de noticias”, en concursos nimios y amañados, soeces. Todo aquello de lo que, de momento, se libra la televisión de pago. Hoy en día las razones políticas exigen una sociedad cada vez más apática, adormecida, que permita los abusos a los que la audiencia se está peligrosamente acostumbrando. Y tampoco es fácil apagar la pantalla. La tele se ha convertido en un elemento más en nuestra vida, de nuestra cultura. «Acudimos a ella para conformar nuestra dieta de ocio, de cultura», afirma Cubells.
Lo cierto es que, pese a que la realidad es tan retorcida como se muestra en esas páginas, el libro deja cierta la sensación de ser el desahogo de una profesional resentida con el panorama mediático que le ha tocado vivir. Bien es cierto que se echan en falta más testimonios como éste, donde se muestre la realidad ante la que nos tapamos los ojos, pero quizás con más reflexión y menos ejemplos, testimonios y anécdotas. Mariola Cubells respalda su texto con un entramado de situaciones y argumentos de compañeros y profesionales de la información, pero restringe su análisis a lo que ella considera MALA televisión. Quizá, en un punto y aparte deberían incluirse ejemplos de buen quehacer periodístico, porque lo hay, de esos profesionales que luchan por mantener a flote una profesión que parece venirse a menos. La televisión es mala, es cierto, pero tampoco ha perdido (del todo) ese halo de magia con el que nació.
«Y ahora, si son valientes, pongan las noticias.»
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Mariola Cubells Pavía es periodista. Fue redactora y reportera en el periódico Levante durante siete años. Desde 1996 ha desarrollado su labor periodística en la televisión, donde ha sido sucesivamente redactora de magazines de actualidad, reportera, guionista, coordinadora de redacción, subdirectora y directora de diferentes formatos de televisión. Ha trabajado para diferentes televisiones y productoras de televisión.“Aquí van a encontrar las sombras loopc, tonos del gris al negro. Las luces, lo claro, lo blanco, que existe, desde luego, no es el argumento de este libro